Israel en Español by Fernando Kopelman

Mes dos. He visto kipás, máscaras y más gatos de los que podría imaginar.

Mientras el verano israelí de a poco se deja entrever,  los gatos que llenan las calles de Tel Aviv, como ardillas -o ratas- harían en otras ciudades, dejan de dormir sobre los capots aún tibios por los motores y se mudan a los techos de los mismos autos, un tanto más frescos. Yo, aún esperando un clima más propicio para aprovechar la muy cercana playa, me sigo adaptando a este mundo siempre cambiante.

Esta ciudad dista de ser una ciudad europea o de primer mundo. Si uno escapa de las calles amplias, hermosas y genéricas de la parte adinerada y turística, adentrándose en lo que algunos llaman el ‘verdadero Tel-Aviv’, se puede encontrar edificios despintados y mal mantenidos, calles algo sucias y negocios que no distan mucho de ser simples huecos en un muro. Pero la sensación tampoco es la de un pueblo en el medio oriente, ni la de estar sumido en ‘el tercer mundo’. Hay algo atractivo en su malestar. La intermitencia entre el constante crecimiento de edificios nuevos y los viejos viniéndose a menos, entre la gente comiendo falafel en las veredas y los cientos de cafés que invitan a pasar, entre la calles minadas por los excrementos de los millones de perros mascota y las plazas o parques meticulosamente cuidados. La gente, tan agresiva y frontal pero a la vez tan agradable y amistosa, ayuda a sobrellevar la extranjería. No puedo evitar lentamente enamorarme de este lugar. Y cuando el acento hebreo satura los oídos, siempre hay alguna actividad en inglés -u otro idioma de preferencia- en la cual resguardarse. Actividades que parecieran no acabarse. Como es el caso ahora de Purim.

Desde hace dos semanas se volvió habitual encontrarse a toda hora y en cualquier lugar a alguien con una peluca, una máscara o un traje entero de una sola pieza de Pikachu, caminando por la calle y realizando sus tareas con total normalidad. Purim, una festividad comparable con el carnaval, llenó las calles de anticipación por lo que sería un fin de semana plagado de fiestas en bares, clubs y en las calles, desfiles, música y, sobre todo, disfraces. Desapegándose cada vez más de sus orígenes y volcándose a las celebraciones, Purim parece ser una de las celebraciones favoritas de los jóvenes israelíes -y de aquellos que tienen la oportunidad de estar aquí durante- y con mucha razón.

Mientras tanto entrevistas laborales aparentemente exitosas, que resultaron no serlo, y repetidas ocasiones que demostraron que en Israel responder mails y llamadas no es prioridad primera, dejaron pasar más de un mes desde mi llegada a Tel Aviv y la situación de mi pasantía seguía sin resolverse. Pero a pesar de las complicaciones y las decepciones, con un poco de esfuerzo y tomando la situación en mis manos, finalmente tuve mi primer día de trabajo. El lugar no es ideal, pero trabajaré para sacar el mejor provecho posible.

Y mientras Ulpan continúa, poco a poco voy incorporando el hebreo y comienzo a ser capaz de entender diálogos sencillos en el día a día. Indudablemente no hay mejor contexto para aprender que la necesidad, como lo es estar rodeado de carteles que me resultaban ilegibles. Ahora, en cambio, al menos puedo encontrar falafel sin mayor esfuerzo. También continúan las otras actividades incluidas en el programa. Con el grupo de arte asistimos a museos, galerías y a una histórica casa de fotografía y con el resto del programa continuamos con las excursiones optativas cada semana.

Con el día a día, los problemas, la rutina, las novedades, siento que el concepto de lo que este viaje sería se aleja, para dejar de ser un concepto, dejar de ser una fantasía, un ideal. Y siendo honesto, la realidad siempre me resultó más interesante.